(Jonás 4:1-2) Pero esto desagradó a Jonás en gran manera, y se enojó. Y oró al SEÑOR, y dijo: ‘¡Ah SEÑOR! ¿No era esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis, porque sabía yo que tú eres un Dios clemente y compasivo lento para la ira y rico en misericordia, y que te arrepientes del mal con que amenazas.’”
(Hechos 10:34-35) “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: ‘Ciertamente ahora entiendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación el que le teme y hace lo justo, le es acepto.’”
Desafortunadamente, hemos crecido en una sociedad donde, en su mayor parte, cualquiera que sea distinto a nosotros no es considerado digno de nuestro respeto. Aunque esto normalmente es mas común en países que parecen prosperar más que otros, también se ve en países del tercer mundo. Ten en cuenta que la esclavitud, el racismo y los prejuicios contra otras culturas solo se erradicaron hace un par de generaciones. Pregúntales a tus padres qué les enseñaron sobre los judíos, hindúes, árabes, africanos, chinos o cualquier otra cultura que tuvieran tradiciones muy distintas a las suyas y demostraban tener menos estudios y conocimiento que ellos de una forma u otra.
Si crees que no tienes este prejuicio, imagina que tu hija quiere casarse con alguien de estas culturas, que sea de una casta o de un estatus social más bajo, con tradiciones escandalosas que no tienen ni pie ni cabeza. Lo que está muy claro es que, con tal de que sean ricos, no importa de qué cultura provengan, ya que el dinero hace que incluso la persona más analfabeta y vulgar reciba cierto grado de respeto.
Jonás tenía ese tipo de prejuicio contra la gente de Nínive, lo que ahora sería la nación de Iraq. Era la ciudad más poblada del Imperio Asirio, llena de idolatria, a quienes Dios quería salvar. Eran unos brutos, bárbaros y en constante guerra contra todos, incluido Israel. Así que estaba claro que Jonás estaba bastante molesto cuando Dios le pidió que fuera y les predicara.
Sin embargo, después de que se arrepintió y les predicó, sabiendo que Dios ahora los salvaría, se molestó aún más al darse cuenta de cuánto prejuicio tenía contra aquellos a quienes Dios también amaba. Se necesita mucha sinceridad y un autoexamen para admitir que hay quienes pensamos que no merecen la misericordia y el amor de Dios. A veces nuestra santidad y justicia propia es tan fuerte que pensamos que es exclusiva para aquellos que piensan y actúan como nosotros.
He visto esto incluso dentro de la iglesia donde juzgamos a otras denominaciones y culturas por la forma de vestir, orar, adorar o predicar el Evangelio. Podemos pensar que son demasiado salvajes, ruidosos y demasiado liberales, o, por lo contrario, demasiado muertos, calladitos y demasiado estrictos en comparación con lo que estamos acostumbrados.
Parece ser que olvidamos que Cristo murió por los pecados de todo el mundo. Eso incluye a aquellas personas y culturas que creemos que son menos que nosotros o que no son dignas de recibir la misma salvación.
Oraciones
• Padre Celestial, Tú eres El Señor que dice “Yo soy el que soy”; el Señor que ha de venir; “Dios que es Amor”; El mas alto; El que es exaltado sobre los cielos; Dios quien es exaltado por su poder.
• Gracias, Padre, que sin importar nuestras creencias, cultura, estatus social o color de piel, podemos recibir a Cristo en nuestro corazón.
• Gracias por enviar discípulos a los confines de la tierra para predicar el Evangelio.
• Te doy gracias por el que enviaste para hablarme de Jesús.
• Te agradezco por el amor y el denuedo que le diste para abrir la boca y compartir conmigo cómo ser salvo.
• Perdónanos por el prejuicio que tenemos hacia cualquiera que sea distinto a nosotros.
• Perdónanos por pensar que somos especiales y que solo algunos merecen ser salvos y perdonados de sus pecados.
• Declaramos que haremos un esfuerzo para llevar Tu mensaje de salvación a todas las naciones, sin importar si estamos de acuerdo o no con su manera de hacer las cosas.
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• Te lo pedimos en el Nombre Poderoso de Jesús. Amén